Me dejó una huella imborrable de por vida. Vino de la Habana con veintiún años para casarse con un vasco y en el viaje de novios en barco una productora le propuso rodar películas. Denegaron la oferta porque se suponía que iban a España a formar una familia…
Era de ojos grises, pelo muy negro, alta para su época, moderna, atractiva y elegante. Hablaba con la ese y tenía una paciencia y una dulzura infinitas. Le decíamos que hablaba como los payasos de la tele, -son de mi tierra, decía casi cada tarde.
Nos cuidaba muchísimo, a mi me llamaba “-mi muñequita preciosa” y recuerdo que me hacía vestidos para mi muñeca preferida. También la recuerdo en su cuarto con la ventana que daba hacia el jardín interior de la casa, haciendo infinitos solitarios…
Muy a menudo le pedíamos que nos contara historias de Cuba, aunque las repitiera una y otra vez… “Pues una señora tenía un caniche al que sacaba a pasear todos los días, de vez en cuando lo lanzaba al mar en las rocas del malecón para que se refrescara… Así día tras día… Un día solamente sacó la correíta del caniche…” “¿Qué pasó abuela?” “Se lo habían comido los tiburones” Y nos quedábamos extasiados. Al rato agregaba que mi abuelo como buen chicarrón del norte era un gran nadador y que había rescatado a muchos incautos de la zona más peligrosa. Nunca conocí a una viuda tan enamorada de su marido, durante tantos años, como mi abuela.
También nos contaba que un tío suyo tenía catorce hijos y que se casó con una viuda que tenía trece, se juntaban los veintisiete, más sus hermanos en una mesa interminable en una finca colonial, al aire libre. Dijo que su hermana de mayor se casó con uno de los niños que conoció subida a los cocoteros de aquella finca. No sé si era este tío u otro el que tiempo atrás tuvo esclavos. Nos decía que era tan bueno que cuando les dieron la libertad ninguno se quiso ir… Nos quedábamos extasiados.
Su mejor amiga de Cuba se llamaba Meca (América) y era el diablo hecho niña. Se dedicaban a molestar a las santonas supersticiosas. Ataban un hilo de pescar a la aldaba de la casa de la santona y llamaban por la noche. La negra salía y se ponía a gritar invocando a los espíritus mientras ellas, escondidas, se morían de risa. También creo recordar que se perdieron en una cueva unos días y las anduvieron buscando, se quedaron sin verse meses hasta que los adultos olvidaron el incidente.
Nos enseñaba a bailar, a pesar de que no lo llevábamos tan en la sangre como ella. Movía los hombros sin mover el pecho y si se ponía un vaso de agua en la cabeza no se le caía. Le decíamos de vez en cuando, “abuela, haz lo del vaso, haz lo del vaso” y aunque se hacía rogar bastante, lo conseguíamos…
Cuando salía Cuba en la tele se iba a su habitación, decía que no lo quería ver. Supongo que no llevaba nada bien la idea de no volver…
Mis abuelos criaron a cinco hijos y sobrevivieron dos guerras, la civil española y la segunda guerra mundial en Alemania de donde huyeron. Mi abuelo era periodista y hablaba seis idiomas, vasco, alemán, francés, italiano, portugués y español. Pero ese es otro relato de gran interés histórico que no sé si algún día podré narrar…
Mi abuela murió cuando yo tenía trece años. A veces todavía me despierto por la noche pensando en el sueño que he tenido. Mi abuela entra en casa con las maletas y nos dice que lo siente mucho, que ha estado de viaje muchos años y que se fue sin podernos avisar…