Por motivos de trabajo tuve un día entero libre en Ámsterdam. Aquella bonita mañana de otoño el sol brillaba con fuerza y la temperatura era casi veraniega. Decidí dirigirme a uno de los parques más importantes de la ciudad, en realidad tenía la intención de visitar el museo de filmografía que se encuentra junto al lago, pero el día era tan impresionante que seguí paseando por inercia… Los sauces llorones estaban a punto de romperse de tan verdes y cargados, caían melancólicamente sobre el agua. Estaba lleno de gente joven por todas partes sobre la hierba, con sus bicicletas al lado. El sol me daba en la cara y me llegaban olores particularmente embriagadores de todas partes. Crucé un puente sobre el agua, anduve sobre la hierba un buen rato sumida en mis pensamientos… De pronto me despertó de mi embelesamiento una música especial, era el reggae de Bob Marley pero con un ritmo más rápido y alegre. Me dirigí todavía inertemente hacia la música. Un grupo de gente hacía corro junto a un árbol donde estaba un jamaicano con su guitarra. Me senté en la hierba por la zona para disfrutar un rato de aquella fiesta. Al rato se me acercó otro jamaicano y me preguntó de dónde era, hicimos las presentaciones pertinentes. Me dijo que tenía “una cocina” en Ámsterdam, le dije diplomáticamente que un día iría a visitarle a su restaurante en la ciudad. Me dijo que no, que la cocina estaba en el parque, en ese momento me di cuenta de que a unos metros detrás del árbol había un puesto de perritos calientes. Me enteré después de que esta gente pasa la vida en el parque dedicándose a vender bebidas y a tocar la guitarra porque cobran una pensión bastante buena del Estado, y viven felices cantando y protegiéndose unos a otros. Le dije que quería alquilar una bicicleta y muy amablemente él y su amiga me acompañaron a la tienda - donde me hicieron un precio especial por ser su amiga -, no sin antes invitarme a una lata de cerveza en el parque. Estuve tres horas deambulando en bicicleta por la ciudad. Me detuve a comer en Rembrand Platz y escuché a un ruso tocar Vivaldi y Mozart con una especie de acordeón de unos cien botones, la gente se paraba a preguntarle cómo podía sonar una pieza tan compleja y tan bien interpretada en aquel instrumento. Dijo que era un instrumento único, prácticamente inexistente. En la cafetería la gente se ponía de pie para felicitarle, era impresionante, además tenía físico de bailarín.
Tras la comida me fui a la casa de Rembrandt y volví al parque, pero esta vez con unas cuantas latas de cerveza para invitarles. Estuvimos cantando con el guitarrista, Robby, desde “Stir it up” a “Coco the Rasta” y “Everywhere around the World we are dancing in the street” Robby insistió en que le enseñara una canción española y no se me ocurrió nada mejor que “Bamboleo bambolei”. Les encantó y repetían “porque la vida yo la quiero vivir en Brasil” yo les decía que era “Así” pero no hubo manera. Tocaba maravillas simplemente con cuatro cuerdas, le faltaban las dos graves de arriba. A las nueve cuando se había ido bastante gente pero aún era de día me prestó la guitarra y me enseñó algunos acompañamientos. El improvisaba letras reggae y yo intercalaba mi bamboleo bambolei, como tocan todo el día a todas horas hacen lo que les place con las canciones, improvisan y mezclan. Me di cuenta de que merecía más la pena una tarde tocando con ellos que tantos meses de aburridas clases de guitarra…