El año que mi amiga Remedios y yo decidimos irnos a los Estados Unidos de América cundió como un lustro…Ella llegó y se instaló un mes antes, en una universidad católica estricta y de alto nivel. Era lectora de español de unos alumnos aplicados y brillantes. Vino a buscarme a la estación con dos amigos, Nacho (los americanos recordaban su nombre por los doritos) y Alberto, sevillano de pro. Se quedaron atónitos ante el abrazo en que nos fundimos y el griterío de emoción post-abrazo. Nos subimos todos a un taxi y nos dirigimos hacia Worcester, nuestro trauma era que una palabra tan complicada se reducía al pronunciarse en simplemente “Busta”, por aquel tiempo no existía OT pero nos hubiera ido bien para recordarlo. Al llegar a su apartamento en la universidad me presentó a su compañera, una alemana del ex este, simpática, bajita y no muy guapa que era la pesadilla de Remedios. Esta chica era muy desordenada, me enseñó su cuarto, el edredón estaba en el suelo, los cajones abiertos con calcetines por todo, un auténtico festival. Empecé a admirar profundamente a Remedios porque se portó como una jabata con ella, le ordenaba sus cosas en la sala de estar, le compró salvamanteles para ver si captaba la indirecta de comer bien, pero al final Remedios recogía sus migas y las de la amiga… Para colmo el apartamento estaba en un estado digamos que -al límite- la secadora parecía el rey león porque te devolvía los vaqueros rasgados y agujereados y la cocina era un auténtico peligro…
Más tarde fuimos al apartamento de Nadia y Sara, una alemana perfecta, guapa y cariñosa y una sevillana para morirse de risa, siempre le hacíamos burla porque en lugar de Boston parecía que decía “bote”. Ese día todas estaban maquinando preparar una fiesta para Halloween en el sótano, a escondidas de la temida policía de “Busta”, experta en aguar fiestas y más en aquella universidad católica acérrima… Alberto como buen sevillano de cortijo nos tenía a todas bajo su redil, pretendía que sólo invitáramos a quien él diera el visto bueno, nos controlaba sin piedad y nos advertía continuamente de los peligros masculinos acechantes… Nosotras protestábamos y alegábamos que la fiesta estaba abierta a todo el mundo, que sólo faltaría.
Efectivamente llegó el esperado día de octubre, todas reunidas en el apartamento emocionadas. Habíamos decidido disfrazarnos de gatas negras con pantalones, jersey y botas de ese color. Remedios insistía en que no se quería maquillar, le horrorizaba pintarrajearse, no hubo modo de convencerla, por lo que nos compramos unas máscaras de gatitas con unos bigotes muy sexys…Bajamos triunfantes hacia el horripilante sótano lleno de tuberías y agujeros por todas partes pero con suficiente espacio para montar la pista de baile de fiebre del sábado noche. Colocamos la música y las luces, algunos amigos de la universidad vinieron a ayudar. Y poco a poco empezó la fiesta. Se me acercó un chico con unos ropajes sueltos, como capas siniestras y una máscara de calavera, llevaba una luz verde en la boca, algo insólito para mi… le pregunté su nombre y me contestó: “Death, me llamo Death” yo entendí “Dave” y encantadora dije “ -¿qué tal Dave, mucho gusto” en ese momento apareció Alberto, “-hija, te está diciendo que se llama Muerte, que no te enteras”, siempre controlándolo todo, de verdad… En ese momento hizo la aparición estelar Jorge, el impresionante colombiano, guapo a rabiar y con un tipazo, disfrazado de dulce Pierrot, menudo elemento… y todas nos quedamos embelesadas. Alberto echaba chispas por la boca, sabía que a todas nos gustaba y que era muy amigo de Remedios. Nos advertía de las peligrosidades de Jorge y nosotras a su vez insistíamos a Remedios en que era una auténtica tentación y un verdadero rompecorazones… Reme prometió no hacerle ni caso y seguir en su línea de chica interesante, yo estaba tranquila al respecto. Sin comerlo ni beberlo me encontré en medio de la pista rodeada de gente bailando animadamente, Nina y Sara triunfaban en su disfraz de gatas y nosotras dos estábamos estupendas también, para qué negarlo. Aunque la máscara nos duró poco porque daba calor y allí dentro ya no se podía estar… Además había cierto nerviosismo entre las anfitrionas porque la poli podía aparecer en cualquier momento, varias personas amigas vigilaban las tres puertas de acceso entre baile y baile…Aquello era un auténtico hervidero. De repente apareció Reme con media cara de color blanco, le dije “-has bailado con el colombiano” y alegó muy digna “-qué dices, ni hablar, no le hago ni caso” repliqué “-insisto en que has bailado con el colombiano” “-por Dios, qué dices, no estoy loca.” “-Reme, acompáñame al baño”. Entramos en el apartamento y había reunión en los lavabos, como en la serie de Ally Mc Beal, se miró al espejo y pegó un grito de estupor. Yo me ensañaba malévola “-si no has bailado con él ¿por qué llevas media cara blanca como un Pierrot? ¿no decías que no querías maquillarte?” Alegó en su defensa que él la había agarrado inesperadamente y que después de bailar increíblemente habían puesto música lenta y creía recordar haberse frotado las mejillas…En ese momento entró la alemana del ex este y estaba fuera de sí, parecía feliz, como extasiada, como si hubiera tenido una experiencia extracorpórea, únicamente decía a voz en grito “Colombian guys hold you so tight!! Colombian guys hold you so tight!!” estallamos a reir, nuestra amiga estaba encantada y nosotras también….
viernes, 16 de noviembre de 2007
jueves, 15 de noviembre de 2007
Ya sé quién señaliza
Tengo la mañana libre y, haciendo acopio de grandes dosis de moral y disposición, decido aprovecharla para pasar la apasionante Inspección Técnica de Vehículos, en este caso de mi querido “Huevito”. Averiguo cuál es la más cercana y salgo a primera hora, como digo, con gran presencia de ánimo. Voy por la carretera de Burgos -aparentemente- y veo que por ser hora punta hay al menos un kilómetro de coches atascados, entonces me desvío con gracilidad y acabo casi sin querer en Alcobendas. No pasa nada, yo voy hacia Sanse de los Reyes pero para evitar atascos me dejo caer en el barrio-zona-pueblo anterior. Sin embargo me encuentro atrapada entre rotondas y más rotondas que no hablan ni de Madrid ni de Burgos, no me queda otra que preguntar en una gasolinera, “-coja la A1 a Burgos en la siguiente rotonda”… Salgo a la rotonda y entonces leo R2 y M50 Burgos, nada de la A1, doy vueltas a la rotonda dubitativa, como en un tiovivo, con la poli en los talones para más Inri, mientras los coches de al lado me ven despotricar, siempre pueden pensar que estoy cantando con la música a tope, feliz de buena mañana… Decido seguir a otra rotonda, el letrero por fin indica A1 Burgos a la derecha, está mucho antes de llegar a la rotonda y para colmo cuando llegas no hay letreros en las salidas, “¿cuál de las dos salidas de la derecha es? ¿La polvorienta de camino de cabras o la que parece una carretera principal?”. Sigo dando vueltas a la rotonda pensativa. Me voy por la principal, Burgos no merece una carretera de cabras, salgo efectivamente a la principal, y de repente el primer cartel que encuentro es “bienvenido a Alcobendas”… No me lo puedo creer, tengo ganas de llorar, “- ¿por qué el destino me condena a no salir de Alcobendas?, ¿dónde está Burgos?, ¿por qué me abandonan los letreros en la rotonda? ¿qué he hecho yo para merecer esto?” Seguro que es una maniobra de los de Ikea Alcobendas para que no te marches sin comprar… Casi hipando vuelvo a las rotondas de Alcobendas, me consuela saber que si tuviera GPS daría igual porque el alcalde topo se encarga continuamente de desactualizarlo, así que por arte de birlibirloque, yendo astutamente a un supermercado conocido, me encuentro con la opción de A1 Burgos. Por fin salgo de la pesadilla de Alcobendas, para mi a partir de ahora es el lugar sin nombre… Cojo la maldita A1 dirección Burgos hacia Sanse para coger la salida de la ITV. Paso Sanse, pero la salida no aparece, acabaré comiendo morcillas y visitando la catedral, encima me detendrán por tener la ITV sin pasar, y nunca saldré de Burgos… Cojo la salida y debo ir de frente y a la izquierda, creo ver el letrero pero es muy pequeño, me acerco, el giro es de noventa grados, es decir, -“¿no lo ve bien? ¿Se acerca? ¿Lo ve? YA! GIRE”, tengo un coche pegado detrás que no me deja entrar, me paso la salida, tengo ganas de llorar. Para colmo me obligan a seguir recto largo rato con continuas señales de sentido obligatorio, sinónimo de “se siente” “se siente” “haber reaccionado hija”. Voy por la A1, 223 km. Burgos, quiero cambiar de sentido pero no hay opción, todo indica sentido obligatorio. Sigo unos kilometritos, ya llevo gastado casi medio depósito, flechita blanca con fondo azul…”tuvo su oportunidad” “y la desperdició, se siente, se siente” “no tiene reflejos pues se siente”… Anonadada sigo hacia Burgos, ahora empiezo a hacerme seriamente a la idea de desayunar morcillas y visitar la catedral, que llevo años en Madrid y aún no me he dignado a ir para allá… 219 km. Burgos. Desesperada me meto por la vía de servicio, otro kilometrito más, por fin la dichosa opción de cambio de sentido a la derecha, después a la izquierda, rotonda, señal de Madrid detrás de usted –increíble-. Está claro un psicópata ha diseñado esto, probablemente el personaje principal de las novelas de Eduardo Mendoza, se ha vuelto a escapar del manicomio, lo ha contratado la Comunidad de Madrid. Por fin A1 dirección Madrid, de regreso consigo entrar en la salida atravesada y pasar la inspección del coche que ya está quemado. Mi único consuelo es pensar que los madrileños se pierden continuamente. La vuelta a casa me la ahorro, conseguí volver que es lo importante, estoy en casa, estoy a salvo…
lunes, 5 de noviembre de 2007
Vibro con mis vecinos
No hace todavía un año y medio que me entregaron mi pisito nuevo. Es un piso mediano, bueno grande para lo que es Madrid hoy en día y pequeño para cualquier persona que tenga las dimensiones mentales sin alterar por los prejuicios inmobiliarios. Está todo nuevecito, hasta da gusto limpiar, hace muchísima ilusión…. Pero claro tiene inconvenientes. Mis vecinos de arriba son un inconveniente en sí mismos, como entidad perturbadora propia. Cuando les entregaron el piso se dedicaron a hacer obra, en primer lugar cambiaron todo el suelo, aunque fuera nuevo y precioso… -Qué necesidaaaad! -que dirían los mejicanos-. Pues lo cambiaron, la prueba de ello es que picaron, cortaron e incrustaron baldosas. Meses y meses de suplicio, daba igual que fuera entre semana, sábado a primera hora o la hora de la siesta. En realidad la obra me vino bien porque durante esa época estuve practicando la respiración tibetana y manteniendo largas charlas en el Messenger con el Dalai Lama sobre cómo canalizar la energía negativa y alcanzar el nirvana en los momento más críticos…
Precisamente uno de esos sábados me despertó la aspiradora, después de medio año de paciencia gandhiana decidí subir a quejarme. Les dije que había sido muy comprensiva y que jamás había protestado en todos esos meses, pero que la aspiradora un sábado ya me parecía excesivo. Me dijeron que no vivían ahí y que sólo tenían el fin de semana para ir. Les dije que me daba igual y que la aspiradora nunca mais…
Después de meses de taladros y golpes, por fin se instalaron. Me di cuenta el día que ella llegó con sus tacones y anduvo durante horas por toda la casa. Lo hace continuamente, debe de ser una manera de reafirmarse como persona. Un día estuve a punto de ofrecerle las pantuflas de cerditos que tengo, a ver si captaban la indirecta. Pero no, no lo hice, por no verles, y todavía a veces por la noche me despiertan sus taconeos salerosos. Entonces me pongo los tapones de los oídos, juro en hebreo, arameo, sánscrito y otras lenguas indoeuropeas y me quedo dormida con un gesto de mal talante en la cara…
Pero el otro día me vengué, ya lo creo que me vengué… Estaba en la cama, era tarde y me sentía muy a gustito, calentita y acurrucadita. De repente la habitación empezó a vibrar, el techo temblaba mucho y también los cristales. Me asusté bastante y me quedé quieta un rato intentando escuchar. De repente oí la voz de Han Solo, el amor de mi vida y me tranquilicé. También oí los disparos y los efectos especiales de la guerra de las galaxias, afortunadamente no era un terremoto, era la película en sorround. Se había puesto home cinema en la habitación…pero - ¿quién puede ser tan hortera? Solamente mis inolvidables vecinos… Entonces ni corta ni perezosa cogí la radio, entré en el baño y la instalé encima del armarito, justo al lado de la rejilla de ventilación, puse radio olé a todo volumen. Nadie puede soportar eso, lo sé, al minuto se había acabado el sorround y la tontería. Cerré el baño y me dormí en el salón. Me desperté a las tres horas y recordé que había dejado la radio olvidada, consideré no sin alivio que ya habían tenido su merecido y la apagué, por supuesto en ningún momento osaron bajar a quejarse…
Pero ahora que recuerdo ya me había vengado en otra ocasión. Una noche trajeron a sus sobrinitos, niños maleducados que gritan, lloran y contestan a su madre. Después de chillar unas horitas los niños se marcharon, o se durmieron y los mayores siguieron de juerga hasta las tantas, como se debían de quedar a dormir empezaron a mover muebles sin miramientos en mitad de la noche. Pero eso no se iba a quedar así, ya lo creo que no… -Dormid, dormid, pensaba yo… A las seis y media de la mañana, cuando bajé para irme a trabajar toqué al timbre con saña largo rato y me largué. Posteriormente me contó la señora que cuida a mi hija que corrían de arriba abajo por toda la casa para intentar acallar aquel pitido infernal. Me los imaginaba sobresaltados, con mucho sueño, corriendo por sus malditas baldosas con desenfreno, intentando abrir la puerta de par en par a mi propia venganza y a mi propio regocijo…
Precisamente uno de esos sábados me despertó la aspiradora, después de medio año de paciencia gandhiana decidí subir a quejarme. Les dije que había sido muy comprensiva y que jamás había protestado en todos esos meses, pero que la aspiradora un sábado ya me parecía excesivo. Me dijeron que no vivían ahí y que sólo tenían el fin de semana para ir. Les dije que me daba igual y que la aspiradora nunca mais…
Después de meses de taladros y golpes, por fin se instalaron. Me di cuenta el día que ella llegó con sus tacones y anduvo durante horas por toda la casa. Lo hace continuamente, debe de ser una manera de reafirmarse como persona. Un día estuve a punto de ofrecerle las pantuflas de cerditos que tengo, a ver si captaban la indirecta. Pero no, no lo hice, por no verles, y todavía a veces por la noche me despiertan sus taconeos salerosos. Entonces me pongo los tapones de los oídos, juro en hebreo, arameo, sánscrito y otras lenguas indoeuropeas y me quedo dormida con un gesto de mal talante en la cara…
Pero el otro día me vengué, ya lo creo que me vengué… Estaba en la cama, era tarde y me sentía muy a gustito, calentita y acurrucadita. De repente la habitación empezó a vibrar, el techo temblaba mucho y también los cristales. Me asusté bastante y me quedé quieta un rato intentando escuchar. De repente oí la voz de Han Solo, el amor de mi vida y me tranquilicé. También oí los disparos y los efectos especiales de la guerra de las galaxias, afortunadamente no era un terremoto, era la película en sorround. Se había puesto home cinema en la habitación…pero - ¿quién puede ser tan hortera? Solamente mis inolvidables vecinos… Entonces ni corta ni perezosa cogí la radio, entré en el baño y la instalé encima del armarito, justo al lado de la rejilla de ventilación, puse radio olé a todo volumen. Nadie puede soportar eso, lo sé, al minuto se había acabado el sorround y la tontería. Cerré el baño y me dormí en el salón. Me desperté a las tres horas y recordé que había dejado la radio olvidada, consideré no sin alivio que ya habían tenido su merecido y la apagué, por supuesto en ningún momento osaron bajar a quejarse…
Pero ahora que recuerdo ya me había vengado en otra ocasión. Una noche trajeron a sus sobrinitos, niños maleducados que gritan, lloran y contestan a su madre. Después de chillar unas horitas los niños se marcharon, o se durmieron y los mayores siguieron de juerga hasta las tantas, como se debían de quedar a dormir empezaron a mover muebles sin miramientos en mitad de la noche. Pero eso no se iba a quedar así, ya lo creo que no… -Dormid, dormid, pensaba yo… A las seis y media de la mañana, cuando bajé para irme a trabajar toqué al timbre con saña largo rato y me largué. Posteriormente me contó la señora que cuida a mi hija que corrían de arriba abajo por toda la casa para intentar acallar aquel pitido infernal. Me los imaginaba sobresaltados, con mucho sueño, corriendo por sus malditas baldosas con desenfreno, intentando abrir la puerta de par en par a mi propia venganza y a mi propio regocijo…
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