Mi amiga Gracia trabajaba como gafe en un casino. Se había labrado su negro futuro con insistencia y dedicación. Le pagaban ingentes cantidades por arruinar la suerte y las cuentas corrientes de los exclusivos clientes. Su sola presencia desgastaba el mínimo apunte de optimismo o esperanza entre sus semejantes. Era algo que perseguía al mundo desde que ella era pequeña.
En la escuela fracasaba estrepitosamente el compañero que tenía a su lado, el pobre angelito recuperaba su afán académico y su autoestima en cuanto le cambiaban de pupitre.
Su madre, cegada por el amor incondicional, negaba las muestras evidentes de que su hija era un tanto peculiar, a pesar de que al abrir la nevera siempre se pudrían las verduras o de que las plantas no perduraban en aquella casa más de dos días.
Si montaba alegremente en bicicleta creaba colisiones en los cruces, desapareciendo entre los paisajes lindantes sin que ninguno de los automovilistas llegara a aclarar realmente los pormenores de aquel extraño accidente.
Sus padres ahorraron durante años para viajar a la isla de Stromboli, la niña se había convertido ya en una guapa adolescente que empezaba a descubrir mundo. Cuando abandonaron el precioso e inequívoco paraje, el mitificado volcán entró en una brusca erupción provocando el desalojo apresurado de los habitantes, que en breve vieron sus casas petrificadas por la enfriada lava.
En su juventud paradójicamente tenía muchas amistades, sobre todo los personajes más ingenuos, incapaces de vislumbrar aquella devastación personificada. Muchas parejas se rompieron por invitar a Gracia el día de su boda, años más tarde ojeando el álbum nadie reparaba en ella con especial atención, pero ahí estaba su foto, captando el momento en que lanza el arroz con toda su espontaneidad y arrojo.
Si la contrataban en una empresa no pasaba un mes para que cerraran por quiebra, llevando al desahucio y desesperanza a todos sus compañeros.
Un buen día, consciente o inconscientemente, decidió ir a visitar a una psicóloga. Le explicó los pormenores de su vida, poco a poco empezó a sentirse comprendida. Las frecuentes visitas entablaron paulatinamente una sólida amistad. El tratamiento la ayudó a reparar en su desventura y a manejar de la manera más controlada posible aquella inoportuna energía. Fue entonces cuando encontró trabajo en los mejores casinos de Europa para comprobar gratamente que aquel sistema le funcionaba. Ahora era feliz, había dado una utilidad a su carencia de perfume y fortuna. Su vida, por fin, comenzaba a ir bien.
Una buena mañana, al poco tiempo de ser contratada, se enteró de que su mejor amiga la psicóloga, insólitamente, se había suicidado.