miércoles, 19 de marzo de 2008

El Genio del buen genio

El anciano se recompuso las gafas mientras la letra bailona del testamento se hacía cada vez más pequeña. Su fortuna quedaría bien repartida, todos los documentos parecían estar en orden, ninguno estaría de más, cualquier detalle quedaría previsto. O tal vez se crearan conflictos de igual modo, a pesar de dejar todo bien aclarado y determinado. Aquella noche no pudo dormir, no sólo por los desvelos de la herencia sino por los dolores, quizá también hereditarios, tan fuertes de su cuerpo. “Cada día a cierta edad es un mes que se echa encima”, pensaba. Vivía solo pues él mismo reconocía que era feliz en su soledad, su extraño carácter le aislaba y al tiempo parecía disfrutar buscando cierto retraimiento. En cierto modo se bastaba a sí mismo, queria tener siempre todo bajo control. Las rutinas y las lecturas llenaban su vida. Ya no gastaba el dinero en casi nada, a pesar de poseer una considerable riqueza. Ni le quedaban fuerzas, ni sus necesidades eran ahora muy importantes. Los días se sucedían monótonos y maquinales. Las noches opresivas y engullidoras…
La vela puso a jugar las sombras en las paredes, adormecido veía figuras que se entrelazaban, el sueño empezaba a vencerle, en ocasiones las imágenes oníricas se presentaban antes de estar dormido del todo. De pronto una inoportuna voz interna le invitaba a transformar su vida, le pareció que no se trataba de su propio subconsciente. La voz seguía insistiendo sin pausa, hasta que derrotado interrogó a quién le hablaba y sació toda su intriga. “Te voy a obligar a cambiar de vida, vas a experimentar un retorno a la infancia, a la infancia en toda su esencia”. El anciano estalló de rabia contra su locura y contra la impertinente propuesta. Se tomó su pastilla diaria e intentó dormir.
Pasaron varias noches de soledad en las que presentía que algo en su interior empezaba a torcerse...
Su cuerpo no le pesaba cuando seguía claramente sus lecturas, las disfrutaba maravillado haciéndose un sinfín de preguntas acerca del mundo. Rebuscó entre los libros de aventuras clásicas de su biblioteca para vivir intensamente experiencias fascinantes. Una tarde se estuvo carcajeando un buen rato dando pataditas en el suelo a causa de aquellos cuentos. Se frotaba las manos e inquieto atacaba las suculentas comidas que se preparaba, los postres le embadurnaban aparatosamente la nariz y los carrillos. Perseguía las sombras de la vela y creaba las suyas propias, pasando así las noches enteras, hasta que caía al suelo rendido para despertarse en mitad de otro día con los cálidos rayos en la cara. Su sonrisa se dibujaba de parte a parte al tiempo que de un salto se levantaba para perseguir a su aburrido gato. El pobre animal estaba desconcertado, agotado de correr por toda la casa saltando de cortina en cortina. Cada tarde seguía devorando cuentos de héroes y fantasía. Lloraba a menudo por la muerte de algún personaje, el disgusto le impedía comer en todo el día. También le interesaban mucho los libros de descubrimientos e inventos. Empezó a componer maquetas de carabelas y otras naves, se dedicó a vestir y a equipar a múltiples soldados en miniatura que llenaron toda la casa. Se pasaba horas desahogando en voz alta sus propios relatos rodeado de todo aquello. Tiraba fuerte de la cola al gato como descompusiera algún elemento de su valioso material. Ponía la música del gramófono tan alta que sus vecinos empezaron a quejarse del ruido y de los extraños correteos de aquí para allá.
Aquella noche jugando con las sombras volvió a escuchar la sorprendente voz, se puso a patalear y a hacer desagradables interpelaciones. Se incorporó de un salto, tapándose los oídos, agitando los brazos y las piernas, pero podía escuchar perfectamente el contenido de aquel discurso. Hipando por el llanto se quedó dormido…
Por la mañana los tenues rayos del sol acariciaban su cara, estaba plácidamente recostado sobre los papeles del testamento, el gato le observaba impávido desde hacía horas. Cuando sus familiares le encontraron, observaron que había rubricado escrupulosamente todos los documentos. Se extrañaron al percibir en su rostro una enigmática sonrisa de oreja a oreja…