Funesta memorizaba como grabado en piedra todo lo que vivía. El impacto de lo que le ocurría era tal que se quedaba en su interior de por vida, eso le impedía seguir adelante en muchos aspectos ralentizando su intransferible evolución personal. Sin embargo el extraño don de Funesta también la hacía rica en experiencia y en datos a los que recurrir en muchas ocasiones, que se entrelazaban por asociación en un círculo vicioso que en el fondo acababa siendo otra aprehensión más. Su insólito talento le daba un aspecto más desvalido e inhibido de lo que en realidad era. Funesta leía mucho, vivía intensamente y lo sabía casi todo, recordaba con nitidez todas las cosas y a no ser que un hecho traumático o metafísico le quitara esa condenada capacidad no tendría la posibilidad de regenerarse y seguiría encerrada para siempre en una acumulación vital desproporcionada y aplastante sin remedio…
Funesta participaba de dos mundos paralelos, su interior de recuerdos imborrables, inertes, yacentes, cargantes, condicionantes, y la realidad que existía como sucesión de imágenes que para su desgracia se quedaban dentro de ella. Tal vez tenía una gran vida interior, o tal vez era todo letra muerta, como decía Sócrates. Su mente era un alud que arrasaba sus potencialidades y a la vez era el arcano de su propia fuerza. Funesta quería detener ese alud pero no sabía cómo y quizá en ese intento pereciera su razón de existir. El alud crecía y crecía día tras día, ¿era la vida que le alzaba a la vida? o bien ¿era la muerte que derivaba hacia la muerte? Funesta representaba las dos caras de la misma moneda, Eros y Thanathos, o puede que para su propio espanto solamente una. Sería valiente para querer averiguarlo. El alud se frenaría tarde o temprano, bien por no caber dentro de ella, bien por un implacable choque contra algo…
De pronto se intentó despertar sobre la nieve cristalizada. Seguían cayendo livianos copos pausadamente, enterrando el deslumbrante paisaje de manera irremediable. El blanco llegaba a ser casi cegador, el silencio cada vez más absoluto fuera y dentro de ella. El cielo variaba sus matices de blancura mientras notaba en su cabeza un complaciente vacío. Aterida por el frío casi no acertaba a mirar a su alrededor, podía sentir cómo empezaba a estar al borde de la congelación. No recordaba lo sucedido, no recordaba su propio nombre, no recordaba nada relativo a su persona. Una incipiente lágrima empañó su último contacto con el exterior. No alcanzó a ver cómo se acercaban a socorrerla…