viernes, 14 de marzo de 2008

No son sólo coca colas

La profesión de auxiliar de vuelo permite desarrollar múltiples facetas personales y laborales. El aporte de las experiencias a bordo activa tus particulares recursos vitales, continuamente hay que enfrentarse a acontecimientos insospechados e insospechables. En algunas ocasiones muy duros y en otras verdaderamente entrañables. Habitualmente todo ocurre sin pausas en un espacio de tiempo controlado y medido que no obstante puede variar súbitamente hacia el mayor de los desórdenes y desconciertos. Es entonces cuando la tripulación reaparece para componer la nueva situación.
Hace unos días el vuelo iba perfecto, tal como está estipulado, en un pequeño intervalo decidimos tomarnos un respiro y sentarnos a cenar. Cogí mi bandeja y la puse en mis rodillas, al sentarme suspiré profundamente de cansancio y alivio. Interrumpió mi ostensible suspiro un ruido seco y muy duro, automáticamente miré al suelo; a mis pies tenía a un señor con los ojos en blanco y la boca abierta. De la impresión lancé bruscamente la bandeja sobre la encimera, mientras mi compañera pedía auxilio por el interfono, estaba tan impactada que, temblando, empecé la reanimación sin ningún tipo de preámbulo. El pasajero de la última fila se abalanzó para apartarme, dijo que le ayudara a girar aquel cuerpo inerme, le abofeteó y le levantó las piernas, como si lo hiciera todos los días. Era enfermero de un relevante hospital. Al cabo de un eterno minuto el hombre recobró la conciencia mientras llegaba el resto de la tripulación con un médico. Se trataba de una deshidratación, tan común como las subidas o bajadas de tensión serias, en cambio los infartos como es lógico suelen ocurrir en un porcentaje mucho más bajo. Rellenamos la documentación y los agradecimientos pertinentes sin que nos quedaran tiempo ni ganas de cenar.
En otra ocasión viví una anécdota bonita y conmovedora, traer a una pareja de vuelta de Moscú con dos mellizos adoptados, un niño y una niña. Me contaron al detalle el interminable proceso de adopción, era emocionante ver la cara de ilusión de los padres que no cabían en sí de satisfacción, lo particular del caso es que ambos bebés tenían síndrome de down, les felicité entonando un “enhorabuena” con un fino hilo de voz y acto seguido me marché a la zona trasera a beberme un par de vasos de agua…
Otra vez embarcamos a un deportado no peligroso. Subió el primero a bordo y le acomodamos a mitad de avión. Me dirigí a mi zona en la parte trasera e inesperadamente mi compañera empezó a gritar y a pedir un médico sumamente alterada, así que llamé delante solicitándolo. Corrí a ver qué pasaba. El individuo se había autolesionado en ambos brazos con una cuchilla de afeitar mientras gritaba en pleno llanto que no pensaba marcharse sin su familia. Entre todos le llevamos hasta la salida donde le vendaron los brazos mientras pataleaba tirado en el suelo, le tapamos con varias mantas ante la mirada acostumbrada de la policía nacional…
Así podría seguir en un sinfín de acontecimientos vividos entre los propios y ajenos que muestran la intensidad que inexorablemente presenta la existencia…