El doctor extendió la receta sin sospechar el beneficio que causaría en su paciente. Tras varias noches de Diazepan para combatir las contracturas, mis sueños empezaron a ser muy apacibles…
Me llamaba mi amiga Marina confirmando que sus gestiones respecto de un antiguo objeto hallado en su casa -de renta antigua- habían desembocado en la subasta multimillonaria del mismo y que partíamos de por vida las cuatro, nuestras hijas y nosotras, en vuelo directo-el subconsciente tiene estas ventajas- a la isla de Papeete en el Océano Pacífico. Arribábamos a un palafito inmenso sobre las aguas pacíficas, celestes y celestiales a bordo de una canoa transportada por un indígena amable como el mar. Ascendimos por una pequeña escalerita de madera, en su interior se agitaban muy suavemente las telas de lino blanco níveo, muy fino, casi transparente de los doseles y cortinas. Las niñas corrían a explorar la cabaña flotante mientras nosotras nos quedábamos paradas sin dar crédito. Al rato nos pareció oir un leve chapoteo, el rumor procedía de las planchas de unos surfistas que se prestaban a llevarnos a la isla que estaba enfrente. Las niñas subieron a la canoa de nuestro amigo el amable. Sintiendo una brisa suave en la cara y en todo el cuerpo llegamos a la pequeña isla que iba mostrando poco a poco su verde más intenso. Abrieron unos cocos para darnos la bienvenida mientras caía la tarde al son de unos timbales que acompañaban el contoneo de las entrañables tahitianas. Nos invitaron a hacer unos collares de flores que con cariño les pusimos y de igual modo ellas nos adornaron con los suyos. Las niñas chapoteaban atrayendo a un grupo de delfines que las rodeaban. Los surfistas iban y venían paralelos a aquella orilla de arena fina como harina. El ocaso apremiaba, entonces entre todos encendimos una hoguera mientras el cielo se estrellaba en sus luces y en su nocturnidad azul marina. Nos cogimos de la mano dibujando un corro alrededor del calor de las llamas tratando de imitar las danzas que nos intentaban transmitir como símbolo de hospitalidad. Las niñas se habían quedado dormidas por agotamiento junto al fuego, ajenas a aquel precioso ritual. Habíamos perdido la noción del tiempo cuando llegaron un grupo de canoas para devolvernos al palafito, iban cargadas de frutas que esparcieron alrededor de toda la habitación como señal de bienvenida. Arropamos a nuestras retoñas en sus camas y caímos emocionadas en las nuestras. Casi sin darnos tiempo a valorar aquel maravilloso día nos dormimos escuchando el envolvente silencio absoluto, agitado solamente por las pequeñas olas que chocaban contra la escalerita de madera…