jueves, 4 de junio de 2009

Levita, moscovita

Entre las paredes del hotel siento que esta ciudad me ha oprimido el ánimo y me está invitando a escapar. Emocionada por haber tomado parte de una realidad de la que tanto he oído hablar a lo largo de mi vida, rápidamente me doy cuenta de que ni mi cuerpo ni mi mente pertenecen a este lugar.
El gris del cielo y el cemento se perpetúa en los pasos subterráneos, en los monumentos y hasta en la propia gente; los hombres dan la impresión de vivir bajo extrañas sospechas y las mujeres parecen estar representando un papel. Los parques de árboles pelados enmarcan una ciudad que transporta irrevocablemente a un pasado que intenta invadir los días.
Mis momentos se han quedado atrapados en un mundo que me es ajeno de puro inventado, un mundo tan pensado que me asfixia mientras me rechaza.
La historia sigue esforzadamente su curso, el aislamiento absurdo es todavía una sombra, en un presente testigo de otros tiempos que no escapan a esta mentira real.
Los monumentos contemporáneos no parecen sino un mero decorado, en fin, se me hacen más verosímiles las joyas del zar en aquel mundo de ensueño...