jueves, 4 de junio de 2009

Poderío ruso

Abrí el ventanal del balcón, entraba un sol veraniego que el torpedeante ruido de los coches no me dejaba disfrutar. Había dormido varias horas después de volar toda la noche y como tenía mucha hambre pedí que me subieran un filete ruso.
Hacía pocos días que había estado en la ciudad y con la excusa del mal cuerpo y mi libro de lectura pensaba quedarme vagueando en el hotel...
Después de comer dormí una innecesaria siesta. Al levantarme me llevé el cepillo de dientes al balcón, el sol se estaba poniendo, reinaba un silencio absoluto repentinamente los coches habían desaparecido, a través de mis zapatillas blancas vi unos militares y unas cintas. Había poca gente a ambas partes de la calle donde colgaban unas pancartas escritas en ruso, sólo acerté a comprender la fecha, 1945. Daba gusto ver la calle despejada.
Empezaron a desfilar tanquetas y tanques llevados por madelmans y argamboys. Cogí el móvil y empecé a hacer fotos, como la memoria estaba llena tuve que sacrificar algunas que me gustaban. Se acercaban más tanques con misiles de punta blanca como en las películas, tuve que sacrificar más y más fotos. Los coches de policía escoltaban el desfile. Volvió el silencio otra vez. Seguí con mi libro de lectura (¿acaso hay otra clase de libro?) y las piernas en alto...
La habitación empezó a vibrar como si se acercara un tiranosaurio, de un saltó volví a coger el móvil. Más tanques y trailers en fila india, lo que parecían bombonas de propano eran misiles de largo alcance protegidos, de repente aceleraron el ritmo, el tanque que tenía justo debajo se ahogó dejando un humo negro a su paso, que subió hasta el cuarto piso. Aceleraron todos a una de manera atronadora, sin darme cuenta me sorprendí gritando -bravo, bravo, bravo. Me había emocionado entre los misiles, el dióxido de carbono que respiraba y aquel ruido brutal. -Dios mío, estoy haciendo apología de la guerra, pensé. -Menos mal que con tanto revuelo nadie me oye...
Enfrente de mi seguía abierto perpetuamente el local veinticuatro horas que había visto por la mañana, dos enormes jarras de cerveza de plástico, con ojos pintados en la espuma y piernas enfundadas en medias blancas, giraban acompasadamente el torso, con asa incluida, mientras contemplaban el desfile.
El hecho de ver los tanques recién pintados sin huella de anteriores guerras, en un Moscú abierto aparentemente al patetismo capitalista bien merecía los incontables limpiacalles que desfilaban en diagonal, con sus luces naranjas giratorias como colofón...