lunes, 29 de octubre de 2012

Inesperado encuentro con Lorca


No pudimos evitar mirarnos de refilón entre la penumbra que desplazaban las sombras y los focos del escenario. Yerma estaba de rodillas desgranando su dramático monólogo para conmoción de cada miembro del auditorio entretanto las respiraciones contenidas habían dejado un incómodo silencio. Comprendimos enseguida lo que cada uno pensaba más allá de la diaria telepatía que manifiestan las parejas con los años. En esta ocasión era algo profundo, que nos tocaba por igual, un tema ya por cansancio convertido en tabú. Noté un destello en sus ojos que me pareció mucho más doloroso en aquel contexto teatral tan conmovedor y tan propio de Lorca, supongo que él también pudo percibir cada una de mis emociones que por su intensidad a mi me resultaban tan descarnadas como aquellas obras costumbristas. Cada palabra de Yerma era como si removiera todo aquello que los días y la convivencia habían disimulado hasta hacernos creer que nuestra preocupación común era un asunto del pasado. Me pareció una representación maravillosa y al mismo tiempo una inoportuna, molesta e inesperada vuelta a la realidad. Presuntamente uno va al teatro a evadirse de los problemas y no obstante después de mirarnos y cogernos de la mano habíamos tomado más conciencia que nunca de aquel hecho que teníamos que afrontar de nuevo. Habíamos disfrutado de la obra y no pensamos en ningún momento que podía estar a punto de vencernos, de anegarnos momentáneamente como pretendía su protagonista, y a decir verdad, lo estaba consiguiendo subrepticiamente. Acudíamos a menudo al teatro, de jóvenes habíamos participado con algún artículo en las revistas culturales del momento, no creo que él recordara aquellas incursiones juveniles en la literatura, yo sin embargo pensaba ahora en aquella representación -dramática como nunca - como algo distinto a todo lo anterior, como un punto de inflexión en nuestra vida, disfrazado de teatro, disfrazado de literatura y desnudado por nosotros como espectadores indefensos. Me imagino que él estaría al principio analizando todo desde un punto de vista crítico, como en general acudimos al teatro, pero progresivamente la tensión iba produciendo una catarsis, una extraña catarsis pese a la resistencia de sus escudriñadores. Yo quería que la escena no acabara, recrearme como Yerma en mi pena, saborearla,llorar en la penumbra, apretar fuerte su mano, y anegarme en mi único e intransferible llanto que a nadie parecía tocar tanto como a mi, como a Yerma, la incomprendida, la diferente, la contranatura, la frustrada. Podía notar su mano apretándome y su cara mirando al infinito en lugar de a la actriz que daba voces justo enfrente, en una contención forzada, como ida, para que no me sintiera mal, como tantas y tantas veces. Pensé que él se sentiría yermo a través de mi, por mi mal llamada culpa y que este drama paralelo no dejaba una suficiente impronta en aquella obra. El último minuto de monólogo se volvió sordo, de cine mudo, mímico, más esperpéntico si cabe para mi, para los dos. Saqué un nuevo pañuelo del bolso y como una niña muy pequeña me sequé las lágrimas, como esa niña que nunca tendría y que buscaba en mis sueños, y que al tiempo me perseguía en sueños ella a mi. Creo que el cierre del bolso rompió aquel silencio suspendido durante el eterno rato que viví, que vivimos. Porque él iba ligado a mi como un eslabón a una cadena, a la cadena que intentaba eslabonarse de nuevo, sin previo aviso. Como los vagones de un tren que a partir de ese día ya no podríamos encarrilar. Supongo que su cabeza también estaría dando vueltas como la mía y que seguía atento el monólogo o tal vez -como su mirada- realmente estaba desconectado, por la presión de aquella situación. Intenté centrarme en el decorado, fijarme en los detalles de la cama y de las cosas, pero la sobriedad del recinto no dejaba lugar a la distracción, Lorca lo tenía todo pensado y controlado. Me recompuse todo lo que pude en deferencia a él, que amablemente me devolvió la mirada, otra vez brillante y llena de cariño. Sorprendentemente aquello me consoló, sentí un consuelo nuevo, distinto, una vez compartido el dolor pesa mucho menos, infinitamente menos, no compone lo perdido pero acompaña y reconforta, aunque sea algo contingente y frágil, como las sombras del escenario. Me sentí afortunada porque nos teníamos el uno al otro pese a que a veces la vida nos lo reprochaba, de una manera o de otra, especialmente aquella noche de aquel modo inequívoco. Él lo sabía tan bien como yo, percibí que lo había estado pensando durante la obra, como había hecho yo involuntariamente, una vez más, por circunstancias que surgen y que se imponen sin más. Me di cuenta de que él era tan protagonista como yo de aquella última escena, tan llena de nosotros, tan fértil en sentimientos y tan yerma de consuelo. Para ser justos tendría que haber un monólogo para ellos, los hombres que eran como Yerma o por amor, de manera heroica, aceptaban serlo. Aquella idea me conmovió, mucho me debía de querer para seguir a mi lado, con la mano apretada en ese momento, con fuerza y tal vez -esa era mi creencia- con determinación. Como si supiera lo que estaba pensando me hizo un gesto con la cabeza para restablecer la normalidad, la vuelta a la dimensión prosaica, la real, la menos lírica, la de espectadores que han pagado su entrada y al día siguiente tienen que trabajar. Pero el cambio en nosotros ya se había producido y entre las cortinas del telón se había reubicado el decorado de nuestra vida, sin saberlo realmente, aunque ambos lo podíamos intuir. Y allí seguía la escueta habitación de cartónpiedra más falsa que nunca y tan real a nuestros ojos. Allí se había quedado sin fuerzas Yerma, extenuada, vacía, apagada, a pesar del foco principal que caía justo sobre ella. El público en pie rompió de nuevo el silencio esta vez como una tormenta, con una efusión agridulce que transtornaba, entonces decidí ponerme en pie y aplaudir con toda mi rabia...